Creo que la muerte es definitiva para los que podemos respirar. Es la hora de considerar el mundo que nos superará después de morir, nuestro lugar en él, nuestra pequeñez. Lamentablemente, la vida pasa a veces sin que esa conciencia sea clara y es necesario verla de cara al dolor de un duelo.
Muchas teorías plantean la definición del duelo sin limitarse a la pérdida por fallecimiento. En el duelo se hallan, como escribí alguna vez en un lugar que ya olvidé porque prefiere recordarlo mi inconsciente, aquellas cosas perdidas que nos hacen encontrarnos a nosotros mismos.
En el diván del analista se descubre que la elaboración de todo duelo culmina con el hallazgo por parte del paciente de aquello de sí que ha perdido para siempre, tras la separación. Siendo aún más específicos, es el asunto del vacío que deja el saberse ausente del pensamiento de aquélla persona que se ha ido.

La desolación que acompaña el duelo es aquella cosa que nos empuja a buscar en nosotros mismos algo que recuerde o semeje aquello que se fue. Y simplemente, ésas búsquedas nos van definiendo, y conforme avanza la vida, cada encuentro con la muerte (de las relaciones) nos hace una combinación de muchas cosas perdidas. El deseo, aquello que nos mueve tanto en el sueño como en la vigilia, es resultado de la necesidad constante de recuperarlas.